Nessie, el monstruo del Lago Ness

 Mejor conocida como “El monstruo de Lago Ness”, esta leyenda forma parte del folclore escocés y cuenta la historia de una criatura gigante con apariencia prehistórica y similar a los plesiosaurios, que apareció por primera vez en el siglo XVI en el Lago Ness, pero que ha sido vista incluso en épocas recientes.

La leyenda retomó fuerza cuando aseguraron verlo en el año de 1933, lo que ha inspirado distintas películas y mantiene en suspenso a quienes visitan el lago. La historia explica que los bosques escoceses, por ser una región inhóspita y de difícil acceso para el ser humano, puede contener misterios en forma de animales prehistóricos que han permanecido ocultos y relativamente protegidos de la degradación a la que nuestra especie ha sometido a muchos entornos naturales.



Cuento Infantil El lobo y las siete cabras


 

El Trigo

 Asomaba el sol primaveral, y bajo sus caricias iba madurando el trigal inmenso. Los granos hinchados, gruesos, pesados, apretados en la espiga rellena, hacían inclinar los tallos, débiles para tanta riqueza, y el trigal celebraba en un murmullo suave su naciente prosperidad.

A sus pies, le contestó una vocecita llena de admiración para sus méritos, alabándolos con entusiasmo. Era la oruga que, para probarle su sinceridad, atacaba con buen apetito sus tallos.

Llegó una bandada de palomas, y exclamaron todas: «¡Qué lindo está ese trigo!» y el trigal no podía menos que brindarles un opíparo festín, en pago de su excelente opinión.

Y vinieron también numerosos ratones, mal educados y brutales, pero bastante zalameros para que el trigal no pudiera evitar proporcionarles su parte.

Después vinieron a millares, mixtos graciosos, pero chillones y cargosos, que iban de un lado para otro, probando el grano y dando su apreciación encomiástica.

Y no faltaron gorriones y chingolos que con el pretexto de librar al trigal de sus parásitos, lo iban saqueando.

Y cuando el trigo vio a lo lejos la espesa nube de langosta que lo venía también a felicitar, se apresuró en madurar y en esconder el grano.

Moraleja

La prosperidad, a veces, trae consigo tantas amistades que se vuelven plaga.

Cuentos infantiles

 El  patito Feo



La tortuga y el águila

 Una tortuga que se recreaba al sol, se quejaba a las aves marinas de su triste destino, y de que nadie le había querido enseñar a volar.

Un águila que paseaba a la deriva por ahí, oyó su lamento y le preguntó con qué le pagaba si ella la alzaba y la llevaba por los aires.

- Te daré – dijo – todas las riquezas del Mar Rojo.

- Entonces te enseñaré a volar – replicó el águila.

Y tomándola por los pies la llevó casi hasta las nubes, y soltándola de pronto, la dejó ir, cayendo la pobre tortuga en una soberbia montaña, haciéndose añicos su coraza. Al verse moribunda, la tortuga exclamó:

- Renegué de mi suerte natural. ¿Qué tengo yo que ver con vientos y nubes, cuando con dificultad apenas me muevo sobre la tierra?

Moraleja

Si fácilmente adquiriéramos todo lo que deseamos, fácilmente llegaríamos a la desgracia.

Esta fábula de Esopo contiene varias lecciones. en primer lugar, nos enseña la importancia de conocernos a nosotros mismos, ser conscientes de nuestros dones y limitaciones y aceptarnos como somos. La tortuga se quejaba de su propia suerte, y sin tomar en cuenta su propia naturaleza, renegaba de sí misma.

Segundo, la tortuga se muestra poco inteligente al creer que con solo un vuelo podrá aprender del águila todo lo que sabe. Nada llega a nosotros de manera espontánea ni veloz. Hemos de aprender a aceptarnos y cultivarnos con paciencia y respeto interior.

Las moscas

 

De un panal se derramó su deliciosa miel, y las moscas acudieron ansiosas a devorarla. Y era tan dulce que no podían dejarla. Pero sus patas se fueron prendiendo en la miel y no pudieron alzar el vuelo de nuevo. Ya a punto de ahogarse en su tesoro, exclamaron:

- ¡Nos morimos, desgraciadas nosotras, por quererlo tomar todo en un instante de placer !

Moraleja

Toma siempre las cosas más bellas de tu vida con serenidad, poco a poco, para que las disfrutes plenamente. No te vayas a ahogar dentro de ellas.

La fábula de las moscas, recogida en las obras de Esopo, nos ofrece una enseñanza sobre el dominio propio y el autocontrol. Las moscas representan a aquellos que no son capaces de gobernar sus propias pasiones, y por causa de ello, caen víctimas de su deseo desenfrenado. Por eso, lo mejor es saber disfrutar de las cosas placenteras de la vida de manera prudente y sin afán. 


 



 

La gallina de los huevos de oro

 Érase una gallina que ponía

un huevo de oro al dueño cada día.

Aún con tanta ganancia, mal contento,
quiso el rico avariento
descubrir de una vez la mina de oro,
y hallar en menos tiempo más tesoro.
Matóla; abrióla el vientre de contado;
pero después de haberla registrado
¿qué sucedió? Que, muerta la gallina,
perdió su huevo de oro, y no halló mina.
¡Cuántos hay que teniendo lo bastante,
enriquecerse quieren al instante,
abrazando proyectos
a veces de tan rápidos efectos,
que sólo en pocos meses,
cuando se contemplaban ya marqueses,
contando sus millones,
se vieron en la calle sin calzones!

Moraleja

El avaro que se desespera por la riqueza, se arriesga a perderlo todo.

La fábula de la gallina de los huevos de oro, versionada por Félix María Samaniego, reflexiona sobre la avaricia. El dueño de la gallina representa a esas personas con más codicia que juicio.

Este hombre, dominado por su afán de obtener riqueza inmediata, no razona sobre sus actos y no entiende que la buena riqueza llega con inteligencia y trabajo. En lugar de lograr sus objetivos, su ciega ambición lo condena a la quiebra y se arruina.










El viejo, el niño y el burro

 Un viejo y un niño viajaban de pueblo en pueblo en compañía de un burrito de carga. Cuando pasaban por el primero de los pueblo, comenzaron a escucharse los rumores de las voces de la gente que decían:

—¡Vaya par de tontos! Tienen un burro y andan a pie por el camino.

Al oírlos, el viejo se sintió mal, y decidió prestar atención a tales palabras. Entonces, subió al niño al borrico y continuaron el trayecto.

Al llegar al siguiente pueblo, el niño llamó la atención de un campesino que los habitantes. Señalando a los viajantes, un campesino comentó:

—¡Qué niño tan desconsiderado! Siendo joven y con energía, permite que el viejo camine y se fatigue.

El viejo y el niño se quedaron pensando, así que decidieron cambiar de lugar. Mientras el niño caminaba y el viejo iba montando el burro, llegaron al tercer pueblo. Allí, la gente empezó a murmurar:

—¡Vaya viejo maltratador, perezoso y egoísta! Lleva al pobre niño caminando incansablemente bajo el sol.

Entonces el viejo y el niño decidieron montar juntos al animal y así llegaron al cuarto pueblo. Estando allí, un hombre se les acercó y les dijo:

—¿Es suyo ese burrito?

—Sí — respondió el viejo.

—Pues no parece, a juzgar por la forma en que lo sobrecargan y lo agotan. Deberían ser ustedes quienes cargaran con la pobre criatura.

El viejo y el niño se sentaron a pensar y se les ocurrió atar las patas del burro, ensartar un palo entre ellas y montarlo sobre sus hombros para llevar al burro.

La gente se quedó sorprendida al ver semejante tontería, así que siguieron al viejo y al niño. Cuando llegaron al puente más cercano, las voces de la multitud comenzaron a molestar al burro que, haciendo uso de su fuerza, luchó y luchó con las cuerdas hasta soltarse y, sin quererlo, cayó por el puente abajo hasta caer en el río. El burro se sobrepuso, nadó, salió del río y huyó por los caminos del campo.

Solo entonces el viejo entendió que, por querer dar gusto a todos, actuó sin sentido común y perdió su bien más preciado.

 

Moraleja: Por más que intentes agradar a todos, nunca lo lograrás.




La rana y la gallina

 

Desde su charco, una parlera rana
oyó cacarear a una gallina.
«¡Vaya! -le dijo-; no creyera, hermana,
que fueras tan incómoda vecina.
Y con toda esa bulla, ¿qué hay de nuevo?»
«Nada, sino anunciar que pongo un huevo».
«¿Un huevo sólo? ¡Y alborotas tanto!»
«Un huevo sólo, sí, señora mía.
¿Te espantas de eso, cuando no me espanto
de oírte cómo graznas noche y día?
Yo, porque sirvo de algo, lo publico;

tú, que de nada sirves, calla el pico». 

Moraleja:

Al que hace hago se le puede perdonar que lo pregone; el que nada hace, debe callar.

En la fábula de la rana y la gallina de Tomás de Iriarte, la rana representa a aquellas personas que no trabajan ni se ocupan en oficio alguno y, sin embargo, vive criticando a los demás. Por su parte, la gallina representa a aquellas personas que dan a conocer el fruto de su esfuerzo. No importa que este fruto sea mucho o poco, siempre será aceptable y positivo que alguien útil y laborioso se alegre de compartir los logros de su esfuerzo. 

 

La zorra y la cigüeña

 Cuenta la historia que una zorra invitó a una cigüeña a comer en su casa, pero cuando esta llegó, se encontró con que la zorra había servido sopa en platos hondos. De ese modo, se aseguraba que la cigüeña no pudiera comer.

La cigüeña se entristeció, pero no dijo nada. A la primera oportunidad, convidó a la zorra a su casa. Esta vez, le sirvió jigote en un recipiente de cuello largo y estrecho, en el que la zorra no podía meter su hocico. La zorra no pudo más que resignarse, mientras la cigüeña decía:

—Amiga, me hiciste pasar hambre deliberadamente cuando me invitaste a tu casa, y hoy has sido tratada de la misma manera en que me trataste.


Moraleja:

Trata a los demás como deseas que te traten a ti, y si no lo haces, luego no te quejes de las consecuencias.


La fábula de la zorra y la cigüeña de Esopo es un clásico de la literatura universal. La zorra representa a las personas que aparentan una falsa generosidad, pues realmente no desean compartir sus bienes con los demás, sino mostrar su superioridad. En este caso, la zorra actúa como una mala amiga y humilla a su compañera, la cigüeña, para darse aires de importante.

Por su parte, la cigüeña actúa de forma racional, sin dejarse llevar por la rabia. Sabiendo que la zorra no va a entender por medio de palabras, le hace sentir en carne propia el malestar que le causó. De este modo, la zorra aprende dos cosas: primero, que sus malas acciones causan dolorosas e innecesarias heridas; segundo, que sus malas acciones traen malas consecuencias.

Así, el mensaje de la cigüeña es claro y conocido por todos: no hagas a los demás lo que no deseas que te hagan a ti. Esta enseñanza se conoce como la regla de oro.



Fábula de la Paloma y la Hormiga


 





Moraleja: Una buena acción es recompensada con otra buena acción.

El zar y la camisa - León Tolstó

 

Un zar estaba enfermo y dijo: - Daré la mitad de mi reino a quien me cure. Entonces, se reunieron todos los sabios y empezaron a discutir cómo curar al zar. Nadie sabía que hacer. Sólo un sabio afirmó que se podía curar al zar. - Si se encuentra a un hombre feliz -dijo-, se le quita la camisa y se le pone al zar, éste se curará. El zar mandó que buscaran a un hombre feliz por todo su reino, pero por mucho que sus emisarios cabalgaron por todos sus territorios, no pudieron encontrarlo. No había ni uno que estuviese satisfecho de todo. Uno era rico, pero estaba enfermo; otro gozaba de buena salud, pero era pobre; otro era rico y gozaba de buena salud, pero su mujer era malvada, o bien sus hijos; todos tenían algún motivo de queja. Un día, a última hora de la tarde, el hijo del zar pasaba junto a una pequeña isba y oyó a alguien que decía: - Gracias a Dios he trabajado bastante, he comido cuanto necesitaba y ahora me voy a la cama. ¿Qué más puedo pedir? El hijo del zar se alegró, ordeno que le quitasen la camisa a ese hombre, que le diesen una cantidad de dinero a modo de compensación, todo el que quisiera, y que llevaran la camisa al zar. Los emisarios fueron a ver al hombre feliz y quisieron quitarle la camisa; pero ese hombre feliz era tan pobre que ni siquiera tenía camisa.


Este cuento pertenece a Libros rusos de lectura que publicó León Tolstói (1828 - 1910) en 1872, el primer proyecto en su país para proveer de material pedagógico a las escuelas.

De esta manera, cumple una labor didáctica. Intenta enseñar a los jóvenes que la verdadera felicidad radica en la percepción que se tiene sobre las cosas y no en los bienes materiales o circunstancias que rodean a las personas. 

El asno con piel de león

 Érase una vez un comerciante de la India que se ganaba la vida vendiendo aceitunas en la gran ciudad. El trayecto desde su pueblo hasta el mercado era largo, así que todas las mañanas colocaba la mercancía sobre el lomo de su inseparable asno de pelo gris, y cuando estaba listo partían juntos hacia su destino.

Gracias a que el burro era fuerte, veloz y gozaba de muy buena salud, los sacos llegaban siempre en perfecto estado al puesto de venta. El mercader apreciaba el esfuerzo diario del animal y estaba orgulloso de lo bien que trabajaba,  pero a decir verdad había una cosa de él que le fastidiaba un montón: ¡comía mucho más que cualquier otro de su misma especie! La razón era que como cargaba tanto peso gastaba mucha energía, y al gastar mucha energía necesitaba reponer fuerzas continuamente. El hombre, buena persona pero muy tacaño, solía lamentarse ante el resto de los comerciantes de lo caro que resultaba alimentarlo ocho veces al día.

– Yo no sé cuánto zampan vuestros asnos, pero desde luego este come más que un elefante… ¡Está engordando muchísimo y cada vez me cuesta más mantenerlo!

Una noche se puso a repasar los beneficios del mes y comprobó que no le salían las cuentas. Enfadado, se echó las manos a la cabeza y empezó a maldecir.

– ¡Este burro tragón es mi ruina! Engulle tanto que la mitad de lo que gano se va en comprar sacos de alfalfa para saciar su apetito. ¡Esto no puede seguir así!

Absolutamente decidido a encontrar una solución, cerró los ojos y se puso a meditar.

– Ahora que lo pienso todos los días paso por delante de una finca donde crece la alfalfa a porrillo y… ¡Claro, cómo no se me ha ocurrido antes!… ¡Puedo llevar allí a mi borrico glotón y dejar que se atiborre sin gastarme ni una sola moneda!

El plan era bastante bueno, pero…

– El único inconveniente es que el terreno tiene dueño. Si cuelo al burro y el capataz  encargado de vigilar las tierras lo ve llamará a los guardias y… ¡Oh, no, me acusarán de invadir una propiedad privada y acabaré encerrado en la cárcel como un vulgar ladronzuelo!

Se alejó de él para observarlo desde distintos ángulos. ¡Quería asegurarse que daba el pego!

– Visto de cerca se nota que es un borrico disfrazado, pero a distancia parece tal cual el rey de la selva. ¡Es genial, genial, genial!

Cuando se convenció de que el éxito estaba asegurado lo llevó a la finca y lo metió dentro del cercado, bien lejos de la entrada para que comiera tranquilo y a su antojo. Él, mientras tanto, se ocultó tras un árbol para no ser descubierto.

Cinco minutos más tarde apareció el capataz y todo salió según lo previsto: en cuanto el hombre descubrió que un peligroso león se paseaba por sus dominios se puso a chillar como un loco y escapó huyendo muerto de miedo. Al comerciante se le escapó una risita.

– ¡Je je je! ¡Se ha tragado la patraña!…  ¡Sí señor, soy un tipo listo!

En vista del triunfo al día siguiente repitió la operación. El burro, ataviado con la piel de león, volvió a infiltrarse en la finca para ponerse morado de alfalfa y también de nuevo, en plena degustación, apareció el capataz. Sobra decir que al ver al temible león campando a sus anchas en sus tierras puso pies en polvorosa, completamente aterrorizado. El comerciante, oculto entre la maleza, se partía de la risa.

– ¡Ja, ja, ja!… ¡Ay, qué divertido!… ¡El muy torpe no se ha dado cuenta de que esa fiera es más falsa que una moneda de cuero! Si supiera que tan solo es un pobre asno incapaz de hacerle daño a una mosca… ¡Ja, ja, ja!

La escena se repitió una y otra vez durante una semana, pero el octavo día la cosa cambió: sí, el capataz volvió a correr como si no hubiera un mañana, pero en vez de ir a esconderse a su casa decidió actuar con valentía y pedir ayuda a sus vecinos. En menos que canta un gallo reunió a más de treinta hombres y mujeres que, armados con palos de escoba, estuvieron de acuerdo en ir a dar un escarmiento a la pavorosa fiera. Él, por supuesto, se puso al frente de la comitiva.

– ¡Ese león tiene los días contados!… ¡Le obligaremos a irse! ¡Vamos, amigos!

Atravesaron el campo en fila india y enseguida llegaron a la finca. Al detenerse junto a la valla comprobaron con sus propios ojos que se trataba de un león de patas larguísimas y altura descomunal.  Para qué mentir: ¡todos sintieron auténtico pavor y deseos de tirar la toalla!

– Os advertí que se trataba de una bestia gigantesca, pero tenemos que echarla de aquí como sea. Estos días ha estado en las tierras a mi cargo, pero mañana podría invadir las vuestras para comerse el pasto, o lo que es peor, atacar al ganado. Aparquemos el miedo y acabemos con este peligroso ser. ¡Unidos venceremos!

Los vecinos, entendiendo que tenía  toda la razón, levantaron los palos a modo de espadas y, como si fueran parte de un pequeño ejército, se prepararon para el asalto. En ese mismo momento el asno escuchó voces,  levantó la cabeza, y vio que una tropa armada hasta las cejas le miraba amenazante. Ante semejante visión, tuvo tres reacciones en cadena: la primera, quedarse petrificado; la segunda, poner cara de pánico; la tercera, empezar  a gritar como loco.

¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa!
Los vecinos se callaron de golpe y se miraron desconcertados.

¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa!

Sí, habían escuchado bien: no eran rugidos… ¡eran rebuznos! Como te puedes imaginar se quedaron atónitos, pero la gran sorpresa se produjo cuando de repente, el animal echó a correr en dirección contraria y la piel de león cayó sobre la hierba seca. El capataz, alucinado, gritó:

– ¡El león era un borrico!… ¡Un simple e inofensivo borrico!

¡¿Un borrico?! Los miembros del grupo lanzaron los palos de escoba al aire y se tiraron al suelo muertos de risa. De todos, el que más carcajadas soltaba era el capataz.

– ¡Un borrico!… ¡Ja, ja, ja! Esto sí que es un final feliz… ¡y divertido!

Sí, ciertamente fue un final feliz y divertido para los vecinos, pero no para el comerciante que, desde su escondite, vio impotente cómo el burro corría despavorido, saltaba la valla y desaparecía para siempre por culpa de su avaricia.


Tristán quería ser pirata

 


A Tristán le encantaban las historias de piratas. A menudo se imaginaba surcando los mares en un barco con bandera negra de calavera y descubriendo valiosos tesoros en islas lejanas.

Una tarde, su abuelo apareció en casa con un pequeño paquete. En su interior, había pinturas de cara y un parche para el ojo.
¡Por supuesto! Ya sólo te falta encontrar el tesoro.
– ¿El tesoro?… En casa no hay ningún tesoro, abuelito – dijo Tristán decepcionado.
– Bueno… yo no diría eso. Mira debajo de tu cama a ver si encuentras algo que…
– ¡Y tú el mejor abuelo del mundo! – dijo Tristán, abrazándole con fuerza.

– ¡Hoy voy a convertirte en un pirata! – dijo sonriente.

Tristán se entusiasmó. Se puso el parche y dejó que su abuelo le pintara una barba muy negra y enormes cejas. Después, salió corriendo a la habitación de sus padres y revolvió en un cajón de la cómoda. Encontró un pañuelo de lunares rojos y se lo anudó en la cabeza frente al espejo.

– ¡Mira abuelo! ¿A que ahora sí parezco un pirata de verdad?

Antes de que el abuelo terminara la frase, Tristán salió pitando y bajo el colchón descubrió un cofre con una pequeña llave dorada en la cerradura. La giró cuidadosamente y dio un grito de alegría ¡En su interior había por lo menos veinte monedas de chocolate!

– ¡Ahora sí que eres un pirata con tesoro y todo! – susurró el hombre emocionado.




El desayuno de laura

 

 A las ocho de la mañana la mamá de Laura ya se ha tomado su café con tostadas. Es hora de despertar a su hija o se hará tarde. Casi a oscuras, se acerca a la pequeña cama de madera y busca su carita bajo el edredón para darle un beso de buenos días.


Laura se despereza, se pone sus zapatillas rojas y se sienta en la soleada cocina. Hoy tiene mucha hambre pero por suerte, su madre le ha preparado su desayuno favorito: zumo de naranja, tres nueces y un tazón de leche con cereales.

La niña sabe que esta es la comida más importante del día y que necesita alimentarse bien para poder pensar con claridad. Además, hoy hay clase de gimnasia y tiene que practicar la voltereta lateral para la actuación de fin de curso.

Cuando termina, se viste, se lava la cara y los dientes, y se cepilla el cabello. Dentro de su mochila mete un cuaderno y siete lápices de colores.

Su madre aparece sonriendo y le da un paquetito con un par de galletas ¡Está creciendo y necesitará reponer fuerzas a media mañana!
Laura, como todos los días, acude al colegio feliz y con ganas de aprender muchas cosas.





Las manchas del jaguar

 Cuenta una antigua leyenda que hace miles de años, cuando todavía no existía el ser humano, hubo un jaguar al que sucedió algo muy especial. ¿Quieres conocer su historia?


Parece ser que el animal era plenamente feliz porque estaba en buena forma física, tenía alimentos de sobra a su alcance, y se llevaba estupendamente con el resto de animales; además, se sentía agradecido por poder despertarse cada mañana en uno de los lugares más hermosos que uno podía imaginar: la maravillosa península del Yucatán.


Como a todo buen felino le encantaba pasear por el bosque envuelto en la oscuridad de la noche y escalar la montaña durante el día, pero sin lugar a dudas su afición favorita era lamer su propio pelaje, tan amarillo y brillante como el mismísimo sol. Para él era fundamental mantenerlo limpio, no solo para sentirse más guapo y aseado, sino también porque era consciente de que suscitaba una enorme admiración. Sí, presumía un poco de pelo rubio, ¡pero es que se sentía tan orgulloso de él que no lo podía evitar!


Una tarde de verano estaba dormitando bajo un árbol de aguacate cuando de repente se sobresaltó al escuchar unos ruidos rarísimos sobre su cabeza.


– ¿Qué ha sido eso?… ¿Quién anda por ahí perturbando el descanso de los demás?


Miró hacia arriba y contempló extrañado que las ramas se agitaban y parecían chillar. Abrió sus grandes ojos y al enfocar la mirada descubrió que se trataba de tres monos que, para entretenerse, estaban compitiendo a ver quién arrancaba más frutos maduros en menos tiempo.


Entre sorprendido y enfadado les gritó:

– ¡Un respeto, por favor! ¿No veis que estoy durmiendo la siesta justo aquí abajo? ¡Dejad ese estúpido juego de una vez!

Los monos estaban pasándoselo tan bien, venga a reír y a saltar de una rama a otra, que no le hicieron ni caso. De hecho, empezaron a lanzar aguacates al aire para ver cómo se despedazaban y lo salpicaban todo al chocar contra el suelo ¡Les parecía un juego divertidísimo!

El jaguar, que ya tenía una edad en la que no soportaba ese tipo de tonterías, empezó a perder la paciencia. Muy serio, se puso a cuatro patas, levantó la cabeza, y rugiendo les enseñó los colmillos a ver si se daban por aludidos. Nada, como si no existiera.


– ¡Estoy harto de tanto alboroto y de que desperdiciéis la comida de esa manera! ¡Poned fin a la juerga o tendréis que véroslas conmigo!


Por increíble que parezca ninguna amenaza surtió efecto y los monos siguieron a lo suyo. Por poco tiempo, eso sí, pues la mala suerte quiso que uno de los aguacates se estrellara en el lomo del jaguar. El golpe fue intenso y se retorció de dolor.


– ¡Ay, ay, menudo porrazo me habéis dado con uno de esos malditos aguacates!


Se palpó y notó que la zona se estaba inflamando, pero lo más grave fue comprobar cómo la pulpa se desparramaba por su pelo como si fuera manteca, formando un asqueroso pegote verde. El presumido felino se puso, nunca mejor dicho, hecho una fiera.




Cuento Corto


Este cuento, ‘El pez de Oro’, narra una historia que nos lleva a pensar hasta dónde es capaz de llegar la avaricia y la soberbia. Y como bien dice el refrán, ‘la avaricia rompe el saco’, al final verás como nunca trae buenos resultados. Escucha con atención este cuento tradicional.